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Saturday, August 05, 2006

Compañeros, manden chuño

BUENA LECHE

Compañeros, manden chuño

Ha pasado un cuarto de siglo desde aquellos aciagos días en los cuales nos obligaron a huir de Bolivia y vivir en el exilio. Me tocó ir a México, y hoy quisiera recordar un par de anécdotas que me ayudaron a entender cuánto amamos a nuestro país y cómo lo extrañamos. Por entonces vivía aún, lúcido y gracioso, Germán Monroy Block, hermano de mi madre, que había sido ministro del Trabajo del régimen de Villarroel y por poco no acaba colgado de un farol de la plaza.

Resulta que el tío Germán llega un día a México, y cuando revisábamos ávidos de sorpresas su maleta abierta, descubrimos que nos había comprado muchas cosas, menos las más íntimas que nos ligaban al país: el cigarrillo Astoria, el singan San Pedro (famoso entonces), la bolsa de coca y el chuño.

Como tenía comunicación fluida con un prestigioso matutino local, envié de inmediato un artículo que titulaba “Compañeros, manden chuño”. En él contaba la experiencia que hoy registro y terminaba con una recomendación: “Queridos compañeros: cuando decidan enviarnos una encomiendita, no se compliquen ni compren cosas caras. ¡Manden chuño!”.

No era una exageración, pues el artículo fue leído por mi carnal Alfredo que de inmediato me mandó una generosa provisión de chuño y tunta. Fue tal nuestra alegría que convoqué a los amigos a festejar el acontecimiento y nos repartimos la encomienda como buenos hermanos de infortunio: a cuatro chuños y una tunta per mocha. Era un sabor tan ligado a nuestros recuerdos, que hasta con el té me acordaba de los chuñitos que habían sobrado del almuerzo y me los zampaba como si fueran trufas o bombones suizos. Cosa que jamás repetí ya de retorno a Bolivia.

Una década después retornaba al país luego de 2 años de ausencia, y como era mediodía me dirigí a una hermosa quinta de Miraflores, en La Paz, que tiene una vista privilegiada del Puente de los Suicidas. Pedí de inmediato un picante surtido y ya lo saboreaba mentalmente cuando mi amigo el mozo pasa por mis narices un sustancioso caldo de papalisa, que era parte del almuerzo. De inmediato renuncié al picante y me zampé dos platos de ese delicioso chupe, porque esas papas simpáticas que parecen juguetes infantiles no se consiguen en otra parte que no sea Bolivia (tal vez en Colombia, rica en tubérculos y en mujeres bonitas).

Si vamos a extremar el análisis, el chajchu, por ejemplo, es un plato bien cojudo, pero tiene pues chuño y esa circunstancia eleva su cotización a las nubes. No hay cochabambino que no aprecie esta comida de pobre, porque en La Paz el chajchu es distinto, una mala versión del puchero.

Cierta vez visitamos la Fricasería La Salud, en La Paz, junto a mi generoso amigo Mariano Baptista Gumucio. Recuerdo que mi hermano y yo pedimos sendos platos de ese fricasé memorable, pero Mariano, el Mago Baptista, no muy dado a ajíes pero cultor de la cocina criolla, solamente pidió chuños enteros y queso paceño. Por supuesto que mi frica estaba delicioso, pero a estas alturas no sé qué aprecié más: si ese caldillo manchacamisa o el austero plato en blanco y negro que el Mago saboreaba con deleite.

Dicho sea todo esto para saludar
completamente emocionado a mi querida nación boliviana.

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