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Tuesday, August 01, 2006

Angeline Jolie y Brad Pitt

Angeline Jolie y Brad Pitt

Acabo de ver una foto gigante de Angeline Jolie, Brad Pitt y su pequeña hija inmortalizados en cera, y no pude evitar una cita de mi amigo Ricardo Pérez Alcalá, que tiene la extraña costumbre de festejar un buen platillo mirándote con una chispa de picardía en los ojos y un comentario dirigido al común de los mortales no invitados al convivio: ¡Que se jodan!

Se me agolpan también algunos piropos que inventé cuando era todavía un tigre para el dulce oficio de amar. En esa onda, me hubiera gustado acercarme a Angeline y Brad, pero sobre todo a su pequeña hija, ¡que heredó los labios celestiales de mamá!, para repetirles un comentario que alguna vez me deparó gratos momentos: “Por culpa de ustedes una legión de feas y desgarbados caminan tristes por este mundo. ¡No es justo acaparar tanta belleza!”

Ese es uno; el otro suena así: supongamos que me encuentro con Angeline Jolie (que no lo logro ni en sueños), y entonces me acerco y le pregunto: “Perdone usted si me atrevo a hacerle una pregunta indiscreta”. Supongo que a continuación me mirará enigmáticamente y proyectando sus dulces labios en un amago de sonrisa. Entonces le digo: “¿De casualidad, usted es pariente de Los Kjarkas?” Hará un mohín de asombro y me dirá, no sé en qué idioma: “¿Por qué?” Y entonces, claro, remato con una estocada: “Por Hermosa”.

¡Tremendo misterio el de los genes! Esa niña, que aún no cumplió el mes de vida y se llamará Angeline Jolie-Pitt (porque la madre, qué duda cabe, es lo más importante), ¡nació con una ventaja de nacimiento! Si uno observa ese botón de rosa que son sus labios, descubrirá la reproducción perfecta y a escala de la legendaria boca de mamá. ¡Cuántas especulaciones acerca de si mamá Angeline se hizo aumentar o corregir los labios se van al tacho! Y todo por obra de las leyes de Mendel, las de la herencia.

Echo una nueva mirada a la fotografía para admirar la perfección diabólica de esos hacedores de golems que reproducen con cera seres inertes pero perfectamente parecidos a sus modelos; y entonces recuerdo la sabia y resignada frase que repetíamos con mi carnal Alfredo, que ahora debe estar chequeando y seduciendo angelitas: “Las mujeres bellas no existen o son ajenas”.

Quizá nunca tenga la ocasión de conocer a Angeline Jolie, aunque me queda el dulce consuelo de haber besado en la mejilla a Raquel Welch y todavía envidio la foto que se tomó el Chueco Céspedes con Rita Hayworth; pero, de perdis, como dicen los mexicanos, vi varias veces a un turista americano que se paseaba por los cafés del Prado, por el Casablanca y creo que también por Marka ¡y era igualito que Brad Pitt! Entonces recuerdo a unas dulces damas a quienes les revelé el encuentro, no sin agregar un comentario displicentemente machista: “No es extraño que sea igualito. Como Brad Pitt deben haber cientos, miles de americanos.” Las damas intercambiaron de inmediato miradas ardientes y todas parecían dispuestas a hacer maletas y viajar ya nomás a ese país de las maravillas donde los hombres son toditos iguales a Brad Pitt.

Podría añadir que una de ellas quiso hacerlo allí mismo atravesando un espejo, pero eso sería plagiar a Lewis Carroll.

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