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Thursday, July 20, 2006

Los poetas gordos



Los poetas gordos

Cuenta Neruda que en 1938 vivía en París junto al poeta español Rafael Alberti, y que al pasear a orillas del Sena, solían comparar sus perfiles con los tomos de libros viejos que venden los “bouquinistes” parisienses. Entonces Rafael comentaba: “Ya estoy pasando al quinto tomo de ‘Los Miserables’”; y Neruda le respondía: “No he aumentado. Alcanzo sólo a ‘Notre-Dame de Paris’”. Para Rafael Alberti, su época fue la de los poetas gordos y rotundos, como él y Paul Eluard. “El tiempo de los pálidos y delgados portaliras fue el siglo XIX con la lira desnutrida que suspiraba en forma sublime”, comentaría después Neruda.
Quiso el destino que el Neruda de rostro afilado que paseaba por París el 38 se convirtiera en esa amable foca de hablar untuoso y cachucha de pelícano, que cosechó en su madurez la gloria sembrada cuando era un pálido y delgado portalira. Grata iniciativa tuvieron entonces los poetas húngaros, al convocar a Neruda y a Miguel Ángel Asturias a un tour gastronómico por Budapest, cuando ambos eran ya dos rotundas carabelas cruzando el Danubio que separa los dos grandes barrios de esa hermosa capital: Buda y Pest. De ese viaje prodigioso entre páprikas y vinos misteriosos resultó un libro que tiene la cualidad de haber sido escrito con el ph alcalino, sin gota de acíbar ni de pensamiento crítico contra nadie. Libro fiel al buen humor y el estilo de vida de dos Premios Nobel de Literatura, “Comiendo en Hungría” es una joya editorial que guardo con especial cariño, porque apenas tengo una fotocopia que, en realidad, no me regaló, sino me vendió mi invariable amigo Tavo Giacoman, no en vano descendiente de Noé por su abuelo armenio y poseedor de una copiosa información genética y cultural que combina la astucia fenicia con la voluptuosidad árabe y el espíritu democrático y popular de todo buen cholo boliviano.
Pues bien: en casi un mes de cálidas batallas, ambos poetas agotaron no sólo las reservas de Tokay, un vino tan viejo que ya lo saboreaba el Conde Drácula, sino la variedad húngara de sopas de pescado y de guisos picantes, a los cuales ya eran afectos en sus respectivas patrias.
El libro merece muchas reseñas que escribiremos oportunamente; pero quisiera rescatar nada más una impresión: la honda relación carnal que hay entre el buen comer y la poesía, menos sombría pero tan intensa como ese matrimonio oscuro entre la noche, la bohemia y el poeta suicida. Neruda pasó hambres, persecuciones, huídas, exilios; soportó estoicamente un cáncer terminal y murió de pena y estupor por el cruento golpe de estado de Pinochet. Sin embargo, a juzgar por sus confesiones y por el testimonio de sus amigos, fue un poeta solar cuya órbita giraba en la Constelación de la Buena Mesa. Quizá por eso, cuando sus restos fueron trasladados al peñón de Isla Negra donde solía escribir de cara al mar, la mayor parte de sus deudos eran los vendedores y cocineras del mercado vecino, con quienes regateaba amistosamente el precio de los mariscos y compartía un caldillo de congrio, su plato preferido. De él dejó una receta en verso, que no nos resistimos a publicarla.

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