trancapechoboliviano

Blog para sibaritas bolivianos residentes en el Planeta. Para amigos del exterior que amen la cocina y el turismo en Bolivia. Y en especial para los Militantes de la Buena Vida de todo el Universo

Thursday, July 13, 2006

Elogio de la templanza

Me asusta cómo agotan la vida a dentellazos mis amigos de la brigada valluna. Entre ellos, había uno que se zampaba 36 huevos pasados con abundante llajua, y otro que se embutía 26 salteñas en pocos minutos. Los más desayunan pensando en los chorizos de las diez de la mañana, y saborean los chorizos pensando en el suculento chupe del mediodía, y éste pensando en el platito de la tarde, y estotro dudando si por la noche silpancho o trancapecho. La mayoría de ellos hoy son comensales en la mesa del Señor, y no han vacilado en llevarse a sus amigos más extrañados, al punto que a veces pienso que me llamarán a filas apenas necesiten un hombre de buen humor, como se llevó el Gordo Ja Ja a dos de sus mejores salteñeros.

¿Dónde radicará el secreto de esta crónica glotonería? Venga la primera hipótesis. Mientras el altiplano es duro, austero y lleno de aristas como un padre, el valle es tibio, esférico y placentero como el vientre de una madre. Los vallunos no olvidamos las ubres que nos amamantaron ni el destete con buena leche, abundante grano y lujuriosos duraznos. Queremos prolongar esa edad de oro para siempre, sin despertar al tigre dormido de la enfermedad, y cuando éste se despierta, sin llevarle el apunte, como si se tratara de un gato faldero a quien podemos sobornar con ratones o mandarlo a pasear de una patada contumaz. No sé si contumaz es el mejor adjetivo para una patada, pero creo que se coló para definirnos: somos contumaces, es decir, reincidentes en la memoria de los mimos de nuestra infancia. Y entonces queremos, como ayer, todos los placeres para hoy y mañana, ignorando los límites que nos impone la cruda realidad de nuestro cuerpo. En palabras hepáticas, el hígado trae fecha de caducidad;, en términos urológicos, los riñones expiran antes que llegue la muerte; y en términos cardiovasculares, el corazón necesita cambio de anillas o de medio paquete en menor tiempo que el motor más chafa.

Dice Fernando Savater, filósofo limpio y cachondo, que la educación es, precisamente, el gradual y razonado abandono del sueño infantil de la omnipotencia. Nos enseña a aceptar nuestros límites y a domesticar nuestros deseos para satisfacerlos más tiempo. Pero conste que no habla de sustituir el goce material por los etéreos placeres del espíritu o la práctica obsesiva de la renuncia y por eso cita a Montaigne cuando dice: “Ciertamente no tengo el corazón tan inflado, ni tan ventoso, que vaya a cambiar un placer sólido, carnoso y medular como la salud por un placer espiritual y aéreo.” El exceso es hermano siamés del ayuno, porque son equidistantes del verdadero disfrute de los sentidos. En palabras más cueras, para qué vas a chupar tres días seguidos si lo vas a lamentar otros tres. De la proposición “Disfruto porque me vale que me haga daño” pasamos a la tesis masoquista “Me vale que me haga daño y por eso disfruto”. ¿Ta?

Ahora entiendo por qué aquellos años en que dirigía el suplemento de humor y gastronomía “Viernes de Soltero” me parecen una inmolación, pues estaba obligado a saborear todo, en todas partes, y me nombraban jurado de todos los festivales de cocina en los cuales había que probar treinta o cuarenta platos en un solo recorrido. ¡Gulp!

Pero, ¿qué es, entonces, la templanza? Dice Nano Savater: “La templanza no es el miedo a los placeres ni su rechazo, sino el arte de disfrutar con alegre impunidad”. Y cita a Demócrito de Abdera: “La templanza aumenta los placeres y hace el goce más intenso”. Aquí radica la diferencia entre gourmand y gourmet: el primero suele ser candidato a la náusea del hartazgo, al vértigo de la transgresión o a la tristeza que sigue a la orgía, mientras el segundo busca la intensidad de la vida en el instante preciso y con la sonrisa perfecta. El primero es hijo de la rebeldía contra el amo de las buenas costumbres; el segundo, se ha liberado de ella porque es amo de sí mismo.

Tratemos, pues, de no ser desaforados pero tampoco abstemios, pues a ambos Dios les depara el mismo infierno: el de no disfrutar las delicias de esta vida.

Bueh. A estas alturas, el decepcionado lector se dirá qué ha pasado con mi amigo Ramón, el Ojo de Vid, que se ha vuelto puritano, cuáquero, casto y abstemio. En breve querrá aplicarnos el test de Alcohólicos Anónimos, según el cual basta beber un vaso diario de vino para pertenecer al gremio; o el de esos seres tristes y verdosos, los humanos herbívoros, para quienes el reino animal es nada más que una morgue. Pero no, señora, no caballero, no cholita. Jamás vamos a convocar al médico, al policía, al cura o al moralista para ascenderlos a ángeles de la guarda. Puritanos, abstemios y herbívoros reducen la vida a la ausencia de vida, a la renuncia como el gesto vital más importante. Los militantes de la buena vida no renunciamos a nada; nada más procuramos recordar que hay un tiempo para todo. Savater lo dice mejor y en menos palabras: no se trata de salvar a cada cual de sus propios deseos sino de educarle para desarrollarlos sensatamente. En ese sentido, Lichtemberg cuando dice: “Me gustaría que entre las más sublimes líneas de Shakespeare alguna vez aparecieran marcadas con rojo aquellas que le debemos a una copa de vino bebida en una hora afortunada”. Y esta otra perla de Séneca, que era estoico pero no cojudo: “No dudemos en emborracharnos de vez en cuando, no para ahogarnos en el vino sino para encontrar un poco de alivio: la embriaguez barre nuestras preocupaciones, nos sacude profundamente y cuida nuestra morosidad como cuida ciertas enfermedades. No se llamó Liber al inventor del vino porque suelta la lengua sino porque libera nuestra alma de los cuidados que la avasallan, porque la sostiene, la vivifica y le devuelve el coraje para todas sus empresas. Ocurre con el vino como con la libertad: es benéfico a condición de un uso controlado. (...) Si bien es preciso evitar entregarse frecuentemente a la bebida, no es menos necesario abandonarse de vez en cuando a un júbilo liberador y alejar momentáneamente el triste rostro de la sobriedad.” (De la tranquilidad del ánimo). Pero una vez más Savater lo dice mejor: “Todo lo que tiene abuso ha de tener también uso”. Se refiere al alcohol, el sexo, las viandas y la droga, y sugiere que también se pueden usar sin abusar.

Dicho esto a puritanos, abstemios, herbívoros y militantes de la buena vida, los espero este jueves en el Rincón Ilabaeño, para saborear un suculento y surtido picante.

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