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Thursday, July 13, 2006

Elogio de la burbuja


Elogio de la burbuja[1]

A Carmen Pereira

Maricarme soportó cierta vez la dieta famosa del Doctor Niet Eaten en una clínica del exterior. A su retorno, era otra vez una sílfide. Podía comer razonablemente todo, pero beber, sólo champán, la más ligera de las obras del espíritu. Nos adherimos de inmediato a la célebre dieta, y de pronto nuestras fiestas se convirtieron en burbujas que ascendían al cielo (a veces sólo al cielo raso) y se desvanecían en un aire tan sutil como un encaje guaraní. A la segunda copa, nos volvíamos leves, esbeltos y, lo que es mejor, efímeros. Creo que entonces contraje la manía de llamar burbuja a la vana ilusión, al amor imposible, a la utopía, a la memoria de un pasado luminoso que no es más, como el Potosí de 1600 c.c.

Burbuja se dice “bulla”, en latín. Se dice también “Homo bulla”: el hombre es una burbuja, nada más que una burbuja, un paso súbito y breve por esta vida, un átomo que a poco de nacer, se disipa.

Diez años después, la nostalgia me devolvió el recuerdo de esa dieta, como una burbuja que naciera otra vez en mi paladar y ascendiera, sobornando con su alegría neurona tras neurona, hasta disiparse por mi coronilla como un taponazo de champán. Y entonces volví a la fuente mayor de estas cavilaciones que cobijan las páginas de El Rabiete Jugoso: los libros.

Me encontré con un maestro de maestros, Michel Onfray[2]. Recomiendo la lectura de su “Pequeña teoría de las burbujas”, de la cual este artículo es apenas una penosa versión. Está escrita como epitafio a dom Pérignon, el célebre monje inventor del champán, y es una pieza mayor de la filosofía del gusto, sobre todo porque el autor es un librepensador a la caza de mariposas, que compara con la mayor libertad y sutileza la obra de dom Pérignon con la física de Newton, con la filosofía de Leibniz y de Spinoza, con la pintura flamenca y con el espíritu del barroco. Y ubica el origen histórico del champán en el Gran Siglo, el siglo de Luis XIV, luminoso y crepuscular antes de la noche penitencial y austera que parió la democracia en 1789 y pinchó esa burbuja de luz.

En ese siglo luminoso, dom Pérignon observaba los caldos de uva blanca y de uva negra, cavilando qué podía agregarles para conseguir un vino que encerrara el genio de la dicha, el gozo y la liviandad; un vino que poseyera la virtud de todos los vinos y ninguno de sus defectos; un vino que realzara el sabor de cualquier alimento, ya incorporado a la salsa, ya como brindis anterior y postrero. Y así incorporó la burbuja, como elemento del nuevo elixir. Entretanto, Newton recorría el camino opuesto mientras observaba la caída de una manzana. La burbuja de dom Pérignon asciende; la manzana, desciende. Pero ambas son felices porque acatan la necesidad de la ley que las gobierna: la burbuja jamás hará otra cosa que ascender; la manzana, otra cosa que descender.

Aquí es necesario hacer un alto, como lo hago yo en este momento, para oír atentamente el taponazo, contemplar el ascenso de las burbujas y sentir cómo estallan entre la lengua y el paladar. Ahhhhh: no encuentro otra expresión para este instante. Observen: no hay más que comprobarlo. Lanzamos una manzana al cielo y cae irremisiblemente; fijamos los ojos en la copa y las burbujas ascienden incesantemente. ¡Primer brindis! ¡Salud!

Asoma la cabeza Spinoza y dice que la libertad está en el reconocimiento de la necesidad. En vano tratará un cuerpo sólido de vencer a la ley de la gravedad. ¿Pero no es ésta la mayor metáfora de lo efímero de la vida? Onfray va más allá: la burbuja que asciende lleva en sí la prueba de que el cielo existe, que hay algo en nosotros capaz de vencer la ley material. El monje piensa en ese átomo de levedad que asciende, siempre por encima de este mundo, en perpetuo movimiento hacia el éter, mientras los físicos bajan el horizonte de su mirada para estudiar la gravedad, la masa, la materia. Newton se pregunta por qué caen los cuerpos; dom Pérignon, cómo atrapar el genio volátil de las burbujas. Y entonces inventa el corcho que usamos hasta hoy, en un diseño capaz de resistir a esa potencia celestial embotellada que se libera con un sonoro taponazo.

He aquí que la celebración se ha enriquecido con la llegada de huéspedes ilustres, pero llegan otros: Leibniz, Vermeer y Rembrandt. Entre ellos, naturalmente, Michel Onfray, y también, porque se le merece ampliamente, el traductor del libro, Víctor Goldstein, dueño de un castellano que se siente en el paladar, porque es un trasmutador de las palabras en burbujas. Michel Onfray, vía Goldstein, califica la “Monadología” de Leibniz como “manifiesto de la efervescencia” y “breviario del champán”. Esas sustancias etéreas, indivisibles, las mónadas, “esos autómatas incorpóreos definidos únicamente por su dinamismo, sin comienzo ni fin”, esos pequeños universos, ¿no son acaso burbujas de champán? Leibniz lo dice: “Las mónadas sólo pueden comenzar por creación y terminar por aniquilación”. ¿No es una metáfora de la insignificancia que somos? El consuelo es que, en la visión de dom Pérignon, vía Onfray, el Creador de este mundo de mónadas es un Gran Enólogo, un Gran Viticultor, un ser más grato que el Gran Relojero de Voltaire.

A esta altura de la levedad, ya no sé quién pronunció el discurso anterior, si Onfray en Francés o Goldstein en castellano. Pero entonces entran Vermeer y Rembrandt, embajadores de la pintura flamenca, maestros del barroco y contemporáneos de dom Pérignon. La flamenca es una plástica de lo efímero: la flor, el humo, el reloj, la clepsidra, la calavera, una imagen que me fascina: “cuchillos en desequilibrio sobre el borde de una mesa”, mariposas, copas frágiles, y los infaltables letreros: “Homo bulla”: el hombre es una burbuja. “Quis evadet”?: ¿Quién escapa a su destino? Rembrandt aporta un motivo recurrente: las perlas. Dice Onfray: “La perla es como otra manera de decir la burbuja. Y en una copa de champán casi son perlas las que revientan en la superficie”. La luz oblicua que se asoma apenas en las tinieblas de Rembrandt, ¿no es también una metáfora de la burbuja? ¡Sacamos trago! ¡Salud! ¡Y que Dios los bendiga, porque yo estoy de vacaciones!

El barroco. Onfray recuerda que barroco designa a la perla cuya redondez no es absoluta. “Imperfecto, absurdo, bizarro, el barroco es ante todo lo que manifiesta la omnipotencia del artificio, de la antinaturaleza”. Es decir, de la cultura, de la manipulación humana sobre la naturaleza. Como lo hace un buen enólogo con el vino, y cien veces más con el champán. Dicen que dom Pérignon perdió la vista con los años, pero desarrolló un escandaloso sentido del gusto para catar, mezclar, manipular los caldos del monasterio como un mago, un alquimista, un filósofo, un artista. Y ojo: en la vida, puedes tropezarte, pero en el arte, no puedes equivocarte. (Lo hice ahorita, disfrutando la sensualidad de este Veuve Clicquot sec, casi brut). Onfray me mira, irónico, y me espeta una frase genial: “Como una forma musical, el champán es una composición, una voluntad de armonía, un deseo de equilibrio, la producción de un estilo”. Ríen Vermeer, Spinoza y Rembrandt, en un festejo circular. Allá lejos, en el tiempo, dom Pérignon elige a ciegas los caldos para practicar la segunda fermentación, en botella. Añade un adarme de tanino, un escrúpulo de azúcar de caña, una pizca de levaduras, y esa materia mísera pero inmortal engendra la burbuja, y luego hay que preocuparse del añejamiento, y más tarde, de la dosificación para obtener el brut, el sec, el demisec... En el principio, la materia; en el génesis, la alquimia; el séptimo día, el arte. El máximo artificio, el barroco puro.

Probemos: ¡Salud! ¡Bebamos antes que se nos pase esta deliciosa embriaguez! Las burbujas estallan en la lengua, pero son apenas un antifaz que descubrirá la verdad del buen vino. El antifaz disimula, seduce, anuncia el verdadero placer que llegará después. Dice Onfray: “En todos los barrocos, Baltasar Gracián a la cabeza, el gusto por el disfraz es una virtud”. Goldstein me mira, socarrón, como si me preguntara: “¿Viste cómo se traduce?” Se agotó (o desagotó) la botella de Veuve Clicquot, y literalmente a estas alturas, la vida allí abajo se ve tan chata, tan material...



[1] El autor aconseja recostarse a orillas de una botella de buen champagne y de un frutero con manzanas, antes de iniciar la lectura de este artículo

[2] “La razón del gourmet”, Ediciones de la Flor, 1999. Lo compré en la Librería Lecturas, pero si se agotó, hay que pedirlo a Buenos Aires, e incorporarlo a la reforma educativa como silabario de todo militante de la buena vida.

2 Comments:

At 8:39 PM, Blogger Mauro said...

Y yo feliz de haber encontrado con quién compartir el regusto por el epitafio a Dom Perignon. Excelente artículo el tuyo. Comparto contigo el plus de haber disfrutado, además, de la impecable traducción de Goldstein. A propósito, podrías conseguir el e-mail de Víctor? Te lo agradecería.
Saludos. Me alegro de haberte desucbierto, pronto seguiré investigando tus escritos.

Mauro

 
At 9:45 AM, Blogger Lola said...

quiero agradecer a ramón rocha y a mauro sus elogiosas palabras sobre mi traducción de onfray. debo decir, también, que su libro me ha fascinado y que he podido sentir, yo también, cada una de sus palabras en mi paladar.

víctor goldstein

 

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